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Una vez camino al aeropuerto
de Barajas, fatigado por las demoras en las vías de salida de Madrid,
comentando sobre los problemas de trafico, el mal clima de aquel momento y
otras causas de disgusto en la metrópolis, recibí por respuesta una sola
frase del madrileño taxista: "no debe ser tan mala la ciudad de
Madrid, cuando tantos miles de viajeros regresan a ella y disfrutan de sus
placeres". Habituados como estamos a protestar por todo
y contra todos, pecamos de injustos al no reparar en las extraordinarias
condiciones de nuestra hermosa Cochabamba de bendecido suelo.
En efecto. El placer de disfrutar de su sol, de sus flores, de
impresionantes atardeceres que nos recuerdan que nos hallamos en un enorme
valle protegido de los males por sus cerros que nos cercan por doquier y
detienen los vientos de las cordilleras, de las tempestades de las alturas.
El esplendido clima de eterna primavera comparable con muy pocos sitios del
planeta, la hermosura de sus parques, la extensión y el trazo de sus
avenidas. La proximidad de la campiña, incorporada hoy al conurbano,
huertos y jardines que compiten entre ellos a cual mejor y que son el nuevo
hábitat del descanso valluno.
Como no halagar los platos lugareños y el alimento tradicional que jamás
pierde sus encantos como el mote, los choclos, sus quesillos, la chicha y
los chicharrones. Los picantes, las sopas y la lagua, que con un ritual
casi religioso todavía aderezan manos diestras y paladares entrenados mil
veces en una repetición, cada vez distinta, cada vez de un sabor ligeramente
diferente. Alguien lo dijo que en Cochabamba podrían alimentarse los dioses
si estos fueran de carne y hueso como todos los mortales!
Comida y fruta que abundan por doquier, a manos llenas y que pueden obtener
los pobres y los ricos por igual. No señor, aquí nadie se muere de hambre.
Todos tienen acceso a un abundante plato de comida, aun los indigentes que
son muchos. Y sin embargo de tantos bienes, todavía maldecimos del cielo y
pronunciamos blasfemias. Imperdonable!
Bolivia sigue
siendo un país donde los alimentos, el transporte, los servicios son muy
baratos. Si comparamos algunos precios de productos, como la carne de res,
la fruta, las legumbres, los granos las proporciones son de uno a diez, de
dos a diez, etc., lo que quiere decir que un kilo de lomo cuesta aquí 30
bolivianos, frente a 300 que cuesta en Europa. Mientras un plátano cuesta
en Suecia cerca de 8 bolivianos, aquí pagamos dos bolivianos por 25
plátanos. Una carrera de taxi cuesta allí 130 bolivianos, aquí tres
bolivianos. Un corte de pelo 270, en Cochabamba 25. Sin embargo, los salarios son tan bajos que no alcanzan a cubrir
todo el presupuesto familiar. El servicio telefónico continua siendo caro
inexplicablemente, mientras que en Europa en ciertos horarios, bajo ciertas
modalidades es hoy extraordinariamente barato.
Finalmente. Cochabamba sigue siendo una ciudad hospitalaria, donde su gente
no ha perdido la amabilidad, el afecto hacia los amigos y conocidos. Nunca
falta una sonrisa, un saludo cordial, una palabra amable. Todavía conserva
un ambiente afectuoso y solidario y en términos generales, la vida familiar
sigue siendo una tradición y el insustituible ambiente en que florecen
todas las virtudes y se fortalecen los lazos de amor filial que son, a no
dudarlo, el mayor tesoro del alma cochabambina. Que nunca se pierdan estos
afectos y que puedan sobreponerse a los nuevos hábitos que la vida moderna
y la profunda crisis nos imponen. Solo quienes están lejos de Cochabamba y
las ausencias son largas, puede advertir y apreciar cuan importantes son
estas virtudes colectivas que la hacen única, diferente a otras metrópolis
del planeta. Cochabamba
sigue siendo hermosa, y su gente la mas hospitalaria y gentil!
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