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Carlos Mesa y su soledad
Foto Reuters - La Jornada
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La soledad
del
Presidente Mesa
Mauricio Aira
Aquel maestro notable que fue
Víctor Paz Estenssoro quién al decir de Guillermo Bedregal consagró su
vida a la política, fundada en la reflexión, el análisis, la
investigación teórica y la lucha revolucionaria, sí sabía confrontar unas
fuerzas con otras al punto que sus enemigos lo comparan con Machiavello
el genio del embuste. Cuando se trataba de asumir una medida política,
por dura que fuese acudía a los sectores que le brindaban respaldo, podía
poner en jaque a sus enemigos al principio los falangistas (Militantes de
Falange Socialista Boliviana) fundada por Unzaga de la Vega, inspirado en
los camisas pardas de España e Italia de los prolegómenos de la Segunda
Guerra.
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FSB
nunca fué una amenaza para el MNR de Paz Estenssoro aunque contra sus
militantes ejercitó una dura represión en campos de concentración situados
en regiones inhóspitas del Altiplano, bajo la custodia de los milicianos,
obreros de las minas y las fábricas que reemplazaron al Ejército venido a
menos después de la Revolución Nacional de 1952. Más tarde sus enemigos
fueron la gente de extrema izquierda, los seguidores de Juan Lechín, Oscar
Lora, Filemón Escobar, Irineo Pimentel y otros líderes que pugnaban por un
control obrero en la administración de las minas agrupadas en COMIBOL
(Entonces poderosa Corporación Minera de Bolivia)
En
todo caso y para no extendernos en la historia, a Paz Estenssoro se lo
conoce como profesor universitario, economista, parlamentario y como un
destacado hombre de Estado. Tuvo en su entorno siempre una pléyade de
jóvenes políticos ambiciosos (en el buen sentido), activistas, casi
incondicionales y a unos cuadros militantes aguerridos. Cuando arreciaban
vientos contrarios solía sacar a las calles a sus huestes que hacían
temblar al enemigo y le dieron al MNR una contundencia envidiable, aún en
los tiempos más difíciles.
Mostrando
ante el mundo su respaldo popular, manejó Bolivia de 1953 a 1964 bajo una
rigidez “monolítica” (El alias que le dió el pueblo fué de “mono paz”) por
lo que se entiende el adjetivo. Luego cuando el militarismo representado
por Ovando, Barrientos, Torres y Bánzer retoma el poder, todavía contaba la
sagacidad pazestensorista en el manejo del Estado, de la que no pudieron
prescindir los regímenes hasta que alcanzó su última presidencia para
ejecutar un programa “porque Bolivia se nos muere” muy diferente de lo
anterior. “Elitista y populista, tradicional y moderno, dialéctico y a
veces con lógica casi al estilo del aristotelismo cristiano del doctor
angélico” (Un Hombre en la Historia. G. Bedregal) era el Presidente de las
multitudes, pero ahora nos ocupamos del Presidente solitario, sin este
arroparse de un aparato que formó durante muchos años, a fuerza de voluntad
y de trabajo.
Carlos Mesa talvez no
soñó nunca con llegar a ser Presidente de Bolivia. Formado como historiador
profundo, utilizó sus cualidades oratorias, su capacidad analítica y la
fluidez de su pluma para incidir en la crítica política logrando la
aprobación del gran público, que todavía hoy, en pleno ejercicio de la
presidencia, le da su respaldo y simpatía.
Carlos
Mesa se convirtió en el látigo verbal contra la corrupción, la
irresponsabilidad, el desgobierno. Su columna periodística era temida y
respetada porque no paraba mientes en las medias tintas. Se atrevía a
llamar las cosas por su nombre. No fué sin embargo derrotista, había siempre
un tinte constructivo y considerado en su lenguaje que fué labrando un
sitio prominente en la conducción de la opinión pública. Se había
convertido en pocos años en el periodista de mayor peso y su influencia era
decisiva en el mundo de las relaciones públicas de altura.
Gonzalo
Sánchez de Lozada que había realizado una exitosa primera gestión
presidencial se había opuesto a relanzar su candidatura hasta cuatro años
después y lo hizo estimulado porque encontró un companero de fórmula ideal,
un periodista de prestigio, de conducta intachable, íntegro y valiente,
aunque no formado en las lides políticas, por tanto desprovisto del ropaje
imprescindible en el ejercicio del arte de la política en nuestros países.
Ganadas las elecciones con un margen
apenas pemisible, contribuyó a buscar la gobernabilidad que hiciera viable
un gobierno con muchos desafíos. Tomado el poder por la via constitucional
Sánchez de Lozada, Mesa Gisbert se lanzaron a recomponer el entuerto del
predecesor Bánzer-Quiroga que había dejado las finanzas en tal mal pie, que
la habilidad del Presidente no dio en bola, para reencauzar la economía y
ganarse para sí a los grupos sociales, especialmente los productores de
coca y sectores de empleados públicos tradicionalmente descontentos como los
sanitarios, maestros y transportistas.
El
Presidente se adentró en armar una ingeniería de malabares, para ganar
apoyos, facilitar el camino a las reformas y acometer el gran proyecto de
una masiva explotación y venta de los hidrocarburos. Descuidó el frente interno bastante adverso por su inicial programa
de privatizaciones que había dejado sabor a poco en la economía popular. El
vicepresidente asumió el combate contra los corruptos, el manejo del
Congreso y la proyección de la nueva imagen del Gobierno. Dejó, o fue dejado de lado del
accionar propiamente político partidista donde se cocinan los asuntos de
Estado.
Fueron suficientes algunos meses para
marcar las diferencias. Mesa solitario, aunque bien posesionado de su marco
ético, bolivianista, promotor de ideas frescas en lo cultural, la apertura
hacia grupos que nunca habían llegado al poder mientras que Sánchez
de Lozada dejó que hábiles políticos de segunda línea del frente
constituído por el MNR, el MIR de Paz Zamora y NFR de Reyes Villa se repartieran
el poder, las “pegas” (empleos públicos, embajadas, ministerios,
direcciones generales, etc.) y las canonjías (situaciones desde las cuales
se lucra con el poder y los contratos del Estado) Total que lo disparejo
fué aflorando poco a poco. Carlos Mesa se sentía asqueado por la forma de repartirse el poder
de los politiqueros. Por este método del “cuoteo” repartición por pedazos
proporcionales de las pegas y canonjías, se fué reduciendo al grupo de sus
colaboradores y su participación en la Administración se fué haciendo más y
mas formal y rutinaria.
No
resultó ninguna novedad el desacuerdo entre los dos primeros mandatarios en
cuanto al manejo del Estado, especialmente en los temas del hombre y su
dignidad. Mesa cristiano humanista reconocido, Sánchez de Lozada
practicista, de buenas intenciones, incapaz de comprenderlo todo y
sumamente confiado en algunos de sus poderosos colaboradores que no dejaban
de lucrar con los privilegios que depara el ejercicio del poder.
Febrero
Negro marcó la virtual división de dos formas de ver las cosas. Pudiera ser
que la presencia de Carlos Mesa en la vicepresidencia estuviera conteniendo
ciertas medidas, que se consumaran actos de corrupción, por tanto iba
resultando un estorbo para ciertos intereses. La barbarie que se
desencadenó ante una ciudad desprovista de policías, los asaltos de la
propiedad, la destrucción, despojo y muerte que todavía recordamos
asentaron las convicciones de Mesa. No se puede gobernar con sangre
derramada. Tienen que haber otras soluciones que no las violentas para
resolver los problemas. Además en el fondo Mesa se mostró como simpatizante
con esos grupos, llamados movimientos sociales, que “hacían bien en
reclamar su parte en la torta del Estado”. De febrero a septiembre no
hay sino siete meses, de modo que cuando se levanta El Alto y pide la
salida de Sánchez de Lozada, es de presumir que el vicepresidente había
hecho su elección.
Se
producía un vacío de poder. El Presidente se dirigió al
Congreso con su renuncia, la que fué aceptada y en su lugar posesionado el
Vicepresidente. Carlos Mesa llegaba al poder sin habérselo propuesto y
empezaba el 17 de octubre de 2003, un nuevo estilo de gobierno “Vamos a
escuchar al pueblo y realizar sus mandatos” Surgió la llamada Agenda de
Octubre que el nuevo Presidente prometió ejecutar.
Extraña forma esta de gobernar el país de
mayor complejidad, apertura al diálogo, interpretación de todos los signos
de protesta y reclamo, se puede decir que la permisividad de los bloqueos
de calles y plazas, puentes y carreteras llegaría a saturar las
reclamaciones y que al final no habrían motivos para que continúe el
desbarajuste. “No vamos a reprimir”, una comprensible aversión al
procedimiento de “reprimir el desorden” de todo otro régimen. Carlos Mesa mismo nos informa
12 mil conflictos, 820 bloqueos a razón de dos por día, más de esto
imposible de soportar. Cuánto del tiempo para
gobernar, cuánta energía destinada a resolver conflictos que no tienen
final.
Un país pobre, el más pobre de América del
Sur, con un ingreso per cápita de 900 dólares por año según dato del Banco
Mundial para el año 2002, con una sociedad rayana en la pobreza extrema
(70% según la misma fuente) que dispone entre uno y dos dólares por día
para su subsistencia, es fuerza que los problemas tienen que menudear. La
gente no tiene trabajo, los sueldos son miserables, la seguridad social no
existe, la esperanza de vida es corta y la mortalidad infantil la más
aberrante. Y la gente, no hace más que pedir, porque la cultura del reclamo
está enraízada y el Presidente no tiene mucho que ofrecer. Y viene la
confrontación y la pulseta, ¿quién puede más, el gobierno o el pueblo?
Sin
embargo la riqueza está ahí, en las minas, en el subsuelo, en los campos
agrícolas del Oriente. Pongámonos de acuerdo y comencemos a explotar lo que
tenemos, que nos pagarán muy poco, que el monto no alcanza para cubrir
nuestras necesidades, es cierto, pero es mejor que nada, porque de qué vale
tener el gas cientos de metros bajo tierra, o los campos sin producir con
el argumento de los precios bajos?
Y la
renuncia se produce en un momento tal que cabe elegir entre exportar el gas
dando a las petroleras participación en las utilidades tal como está
previsto, o que echadas de Bolivia, demanden indemnización y el pago
obligado de daños y perjuicios por sumas fabulosas. Y en cuanto al agua, lo
hemos sostenido antes, es como una trampa, los inversionistas recibieron
créditos del Banco Mundial para instalar redes de agua potable hasta los
consumidores. Si no pagan los usuarios el BM se encarga de cobrarle al
Estado, garante de la deuda por las inversiones. ¿Qué hacer? Qué
dilema.
En
horas más, (martes 8 de marzo) se reunirá el Congreso para estudiar la
renuncia del Presidente. Lo más probable es que no sea
aceptada, lo que no será suficiente. Hace falta un pacto social, un acuerdo
que la Iglesia Católica está reclamando desde el año 2000, para establecer
una tregua que permita al Gobierno y sus instituciones salir de los más
lacerantes problemas de hoy para darse una nueva realidad asentada en el
pago de la deuda social, sí, pero también de la credibilidad del Estado
como Nación digna y respetada. Mientras la soledad del Presidente sin partido, sin
organización, está mostrando su valor.
8
de marzo de 2005
Mauricio Aira
Periodista boliviano
mauricio.aira@comhem.se
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