Mauricio Aira - rodelu.net

 


8 de marzo de 2005

 

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Carlos Mesa y su soledad
Foto Reuters - La Jornada

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La soledad
del Presidente Mesa

Mauricio Aira

Aquel maestro notable que fue Víctor Paz Estenssoro quién al decir de Guillermo Bedregal consagró su vida a la política, fundada en la reflexión, el análisis, la investigación teórica y la lucha revolucionaria, sí sabía confrontar unas fuerzas con otras al punto que sus enemigos lo comparan con Machiavello el genio del embuste. Cuando se trataba de asumir una medida política, por dura que fuese acudía a los sectores que le brindaban respaldo, podía poner en jaque a sus enemigos al principio los falangistas (Militantes de Falange Socialista Boliviana) fundada por Unzaga de la Vega, inspirado en los camisas pardas de España e Italia de los prolegómenos de la Segunda Guerra.

FSB nunca fué una amenaza para el MNR de Paz Estenssoro aunque contra sus militantes ejercitó una dura represión en campos de concentración situados en regiones inhóspitas del Altiplano, bajo la custodia de los milicianos, obreros de las minas y las fábricas que reemplazaron al Ejército venido a menos después de la Revolución Nacional de 1952. Más tarde sus enemigos fueron la gente de extrema izquierda, los seguidores de Juan Lechín, Oscar Lora, Filemón Escobar, Irineo Pimentel y otros líderes que pugnaban por un control obrero en la administración de las minas agrupadas en COMIBOL (Entonces poderosa Corporación Minera de Bolivia)

En todo caso y para no extendernos en la historia, a Paz Estenssoro se lo conoce como profesor universitario, economista, parlamentario y como un destacado hombre de Estado. Tuvo en su entorno siempre una pléyade de jóvenes políticos ambiciosos (en el buen sentido), activistas, casi incondicionales y a unos cuadros militantes aguerridos. Cuando arreciaban vientos contrarios solía sacar a las calles a sus huestes que hacían temblar al enemigo y le dieron al MNR una contundencia envidiable, aún en los tiempos más difíciles.

Mostrando ante el mundo su respaldo popular, manejó Bolivia de 1953 a 1964 bajo una rigidez “monolítica” (El alias que le dió el pueblo fué de “mono paz”) por lo que se entiende el adjetivo. Luego cuando el militarismo representado por Ovando, Barrientos, Torres y Bánzer retoma el poder, todavía contaba la sagacidad pazestensorista en el manejo del Estado, de la que no pudieron prescindir los regímenes hasta que alcanzó su última presidencia para ejecutar un programa “porque Bolivia se nos muere” muy diferente de lo anterior. “Elitista y populista, tradicional y moderno, dialéctico y a veces con lógica casi al estilo del aristotelismo cristiano del doctor angélico” (Un Hombre en la Historia. G. Bedregal) era el Presidente de las multitudes, pero ahora nos ocupamos del Presidente solitario, sin este arroparse de un aparato que formó durante muchos años, a fuerza de voluntad y de trabajo.
Carlos Mesa talvez no soñó nunca con llegar a ser Presidente de Bolivia. Formado como historiador profundo, utilizó sus cualidades oratorias, su capacidad analítica y la fluidez de su pluma para incidir en la crítica política logrando la aprobación del gran público, que todavía hoy, en pleno ejercicio de la presidencia, le da su respaldo y simpatía.

Carlos Mesa se convirtió en el látigo verbal contra la corrupción, la irresponsabilidad, el desgobierno. Su columna periodística era temida y respetada porque no paraba mientes en las medias tintas. Se atrevía a llamar las cosas por su nombre. No fué sin embargo derrotista, había siempre un tinte constructivo y considerado en su lenguaje que fué labrando un sitio prominente en la conducción de la opinión pública. Se había convertido en pocos años en el periodista de mayor peso y su influencia era decisiva en el mundo de las  relaciones públicas de altura.

Gonzalo Sánchez de Lozada que había realizado una exitosa primera gestión presidencial se había opuesto a relanzar su candidatura hasta cuatro años después y lo hizo estimulado porque encontró un companero de fórmula ideal, un periodista de prestigio, de conducta intachable, íntegro y valiente, aunque no formado en las lides políticas, por tanto desprovisto del ropaje imprescindible en el ejercicio del arte de la política en nuestros países.

Ganadas las elecciones con un margen apenas pemisible, contribuyó a buscar la gobernabilidad que hiciera viable un gobierno con muchos desafíos. Tomado el poder por la via constitucional Sánchez de Lozada, Mesa Gisbert se lanzaron a recomponer el entuerto del predecesor Bánzer-Quiroga que había dejado las finanzas en tal mal pie, que la habilidad del Presidente no dio en bola, para reencauzar la economía y ganarse para sí a los grupos sociales, especialmente los productores de coca y sectores de empleados públicos tradicionalmente descontentos como los sanitarios, maestros y transportistas.

El Presidente se adentró en armar una ingeniería de malabares, para ganar apoyos, facilitar el camino a las reformas y acometer el gran proyecto de una masiva explotación y venta de los hidrocarburos. Descuidó el frente interno bastante adverso por su inicial programa de privatizaciones que había dejado sabor a poco en la economía popular. El vicepresidente asumió el combate contra los corruptos, el manejo del Congreso y la proyección de la nueva imagen del Gobierno. Dejó, o fue dejado de lado del accionar propiamente político partidista donde se cocinan los asuntos de Estado.

Fueron suficientes algunos meses para marcar las diferencias. Mesa solitario, aunque bien posesionado de su marco ético, bolivianista, promotor de ideas frescas en lo cultural, la apertura hacia grupos que nunca habían llegado al poder mientras que  Sánchez de Lozada dejó que hábiles políticos de segunda línea del frente constituído por el MNR, el MIR de Paz Zamora y NFR de Reyes Villa se repartieran el poder, las “pegas” (empleos públicos, embajadas, ministerios, direcciones generales, etc.) y las canonjías (situaciones desde las cuales se lucra con el poder y los contratos del Estado) Total que lo disparejo fué aflorando poco a poco. Carlos Mesa se sentía asqueado por la forma de repartirse el poder de los politiqueros. Por este método del “cuoteo” repartición por pedazos proporcionales de las pegas y canonjías, se fué reduciendo al grupo de sus colaboradores y su participación en la Administración se fué haciendo más y mas formal y rutinaria.

No resultó ninguna novedad el desacuerdo entre los dos primeros mandatarios en cuanto al manejo del Estado, especialmente en los temas del hombre y su dignidad. Mesa cristiano humanista reconocido, Sánchez de Lozada practicista, de buenas intenciones, incapaz de comprenderlo todo y sumamente confiado en algunos de sus poderosos colaboradores que no dejaban de lucrar con los privilegios que depara el ejercicio del poder.

Febrero Negro marcó la virtual división de dos formas de ver las cosas. Pudiera ser que la presencia de Carlos Mesa en la vicepresidencia estuviera conteniendo ciertas medidas, que se consumaran actos de corrupción, por tanto iba resultando un estorbo para ciertos intereses. La barbarie que se desencadenó ante una ciudad desprovista de policías, los asaltos de la propiedad, la destrucción, despojo y muerte que todavía recordamos asentaron las convicciones de Mesa. No se puede gobernar con sangre derramada. Tienen que haber otras soluciones que no las violentas para resolver los problemas. Además en el fondo Mesa se mostró como simpatizante con esos grupos, llamados movimientos sociales, que “hacían bien en reclamar su parte en la torta del Estado”.  De febrero a septiembre no hay sino siete meses, de modo que cuando se levanta El Alto y pide la salida de Sánchez de Lozada, es de presumir que el vicepresidente había hecho su elección.

Se producía un vacío de poder. El Presidente se dirigió al Congreso con su renuncia, la que fué aceptada y en su lugar posesionado el Vicepresidente. Carlos Mesa llegaba al poder sin habérselo propuesto y empezaba el 17 de octubre de 2003, un nuevo estilo de gobierno “Vamos a escuchar al pueblo y realizar sus mandatos” Surgió la llamada Agenda de Octubre que el nuevo Presidente prometió ejecutar.

Extraña forma esta de gobernar el país de mayor complejidad, apertura al diálogo, interpretación de todos los signos de protesta y reclamo, se puede decir que la permisividad de los bloqueos de calles y plazas, puentes y carreteras llegaría a saturar las reclamaciones y que al final no habrían motivos para que continúe el desbarajuste. “No vamos a reprimir”, una comprensible aversión al procedimiento de “reprimir el desorden” de todo otro régimen. Carlos Mesa mismo nos informa 12 mil conflictos, 820 bloqueos a razón de dos por día, más de esto imposible de soportar. Cuánto del tiempo para gobernar, cuánta energía destinada a resolver conflictos que no tienen final.

Un país pobre, el más pobre de América del Sur, con un ingreso per cápita de 900 dólares por año según dato del Banco Mundial para el año 2002, con una sociedad rayana en la pobreza extrema (70% según la misma fuente) que dispone entre uno y dos dólares por día para su subsistencia, es fuerza que los problemas tienen que menudear. La gente no tiene trabajo, los sueldos son miserables, la seguridad social no existe, la esperanza de vida es corta y la mortalidad infantil la más aberrante. Y la gente, no hace más que pedir, porque la cultura del reclamo está enraízada y el Presidente no tiene mucho que ofrecer. Y viene la confrontación y la pulseta, ¿quién puede más, el gobierno o el pueblo?

Sin embargo la riqueza está ahí, en las minas, en el subsuelo, en los campos agrícolas del Oriente. Pongámonos de acuerdo y comencemos a explotar lo que tenemos, que nos pagarán muy poco, que el monto no alcanza para cubrir nuestras necesidades, es cierto, pero es mejor que nada, porque de qué vale tener el gas cientos de metros bajo tierra, o los campos sin producir con el  argumento de los precios bajos?

Y la renuncia se produce en un momento tal que cabe elegir entre exportar el gas dando a las petroleras participación en las utilidades tal como está previsto, o que echadas de Bolivia, demanden indemnización y el pago obligado de daños y perjuicios por sumas fabulosas. Y en cuanto al agua, lo hemos sostenido antes, es como una trampa, los inversionistas recibieron créditos del Banco Mundial para instalar redes de agua potable hasta los consumidores. Si no pagan los usuarios el BM se encarga de cobrarle al Estado, garante de la deuda por las inversiones. ¿Qué hacer? Qué dilema. 

En horas más, (martes 8 de marzo) se reunirá el Congreso para estudiar la renuncia del Presidente. Lo más probable es que no sea aceptada, lo que no será suficiente. Hace falta un pacto social, un acuerdo que la Iglesia Católica está reclamando desde el año 2000, para establecer una tregua que permita al Gobierno y sus instituciones salir de los más lacerantes problemas de hoy para darse una nueva realidad asentada en el pago de la deuda social, sí, pero también de la credibilidad del Estado como Nación digna y respetada. Mientras la soledad del Presidente sin partido, sin organización, está mostrando su valor.

8 de marzo de 2005

Mauricio Aira
Periodista boliviano
mauricio.aira@comhem.se

 

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