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Los marginados del Reino de Suecia
Mauricio Aira
En este tiempo moderno se habla
mucho de la liberación del hombre, del progreso alcanzado mediante la lucha
del movimiento obrero que ha transformado en forma pacífica la sociedad
feudal y explotadora en el socialismo democrático de que hoy goza el Reino
de Suecia.
Un
orden que estaría basado en la voluntad y los esfuerzos de los inviduos y
al margen de la opresión, de la falta de libertad a que el poderoso interés
capitalista somete al trabajador y en general al ciudadano que tiene que
mostrarse activo, ya que un ciudadano pasivo constituye una amenaza contra
la democracia.
Lo
extraño es que, cuando se trata del socialismo democrático se carga la
tinta en aprovechar la fuerza que existe en cada individuo, su voluntad de
actividad y de influír sobre su propia situación y sobre la sociedad, en
suma un sistema que está basado en la fe, la voluntad y la capacidad de los
individuos que tienen dignidad y son iguales ante la Ley y la Autoridad.
Principios
muy atractivos y demasiado hermosos para ser ciertos, porque debemos
reconocer que tal socialismo ha fracasado cuando se trata de los marginados
del Reino, abandonados a su propia suerte y condenados a una muerte en
vida, al olvido y a la indignidad.
Tenemos
que referirnos a un grupo que en lugar de disminuír y de desaparecer crece
y crece sin solución ni voluntad alguna de ponerle un atajo. El grupo se
constituye de cuatro grandes subgrupos, los deshabitados o los “hemlösa”,
de los alcoholistas, de los drogadictos y de los criminales que cumplieron
sus condenas y gozan de libertad. La Sociedad del Reino
les ha puesto una marca indeleble y con honrosas excepciones, nadie desea
encontrarlos de cerca.
Una de estas excepciones es la del Camping
y Pensionado Meros, en la población de Askim, Gotemburgo, cuyo propietario
y fundador el misionero pentecostal Jean-Erik Mårtensson se ha puesto a las
espaldas el enorme peso de darles protección y reposo dentro de los cinco
mil metros de su propiedad particular, desde hace ya muchos años. “Todo
empezó cuando una familia de necesitados, nos pidió permiso a mi esposa
Elisabeth y a mi persona para pasar la noche en el terreno circundante a
nuestra casa”, cuán lejos estaban los esposos Mårtensson de
imaginarse que aquel simple acto, sería el inicio de una actividad que no
tiene visos de terminar un día. En efecto, tras de la primera llegó una y
otra familia de seres humanos para quienes todo les está prohibido. Ninguna
empresa de vivienda les admite como inquilinos y las instituciones del
Estado se cansan muy pronto de su presencia, nadie les da trabajo.
Según fue pasando el tiempo, la vivienda
de la pareja se fué estrechando y cediendo espacio a hombres y mujeres de
las subgrupos sociales mencionados, añadiendo no pocas veces un
quinto grupo el de inmigrantes en vías de solicitar asilo, o cuyas solicitudes
están en interminables trámites ante la policía o el departamento de
Inmigración. Como los grupos fueron en aumento, se hizo necesario construír
barracas con todos los servicios como ser calefacción, agua, electricidad,
y los espacios se fueron cubriendo de vagones rodados a modo de viviendas
precarias donde los habitantes de este camping original, aprenden a
convivir y a observar las reglas elementales de recíproco respeto para
compartir techo y alimentos asistidos por un puñado de colaboradores piadosos
de Mårtensson.
La colonia de los marginados de nuestra
sociedad, llegó a superar por momentos las 60 personas, muchos de ellos
remitidos por unidades de asistencia social de los municipios del gran
Gotemburgo, pero también de otros distantes, a tal punto que su presencia y
su deambular alteró de alguna manera la apasible existencia de los vecinos
de Meros.
Algunos de ellos reaccionaron tolerantes
al drama humano de individuos que representan según otros una escoria, una
costra sangrante de esta sociedad, un contraste con los rostros hermosos y
los prototipos que nos presentan la televisión y los grandes diarios.
“Estos andrajosos y criminales deberían desaparecer” exclamó más de uno de
los vecinos de una residencia cuyos vidrios habían sido destrozados por uno
de los huéspedes de Meros. “Es que los que están aquí no son tan criminales
para estar en la cárcel, ni tan enfermos para estar en un sanatorio”, nos
aclara Jean-Erik, cuando reconoce que se han dado casos, -felizmente
esporádicos- de pacientes no del todo repuestos y que han tenido conducta
agresiva, “varias veces, Dios ha detenido el instrumento con que quisieron
herirnos”, dice Mårtensson que explica que sólo por la Fe y el espíritu
cristiano ha sido posible continuar con esta labor.
Ahora bien, los vecinos propietarios de
Meros, han visto disminuídos los precios de sus villas y terrenos debido a
este factor “es un hecho que la presencia de la policía es casi cotidiana
debido a los robos, las peleas, la amenaza que representan estos grupos”
explica compungido otro de los vecinos mientras que “la policía está aquí
casi todos los dias, a pedido nuestro en previsión de lo que pudiera
ocurrir”, replica el pentecostal aclarando. Según las estadísticas la
criminalidad de la zona, no es muy diferente a la de otras zonas
circundantes a las grandes ciudades del Reino. Los vecinos aseguran que el
precio de sus bienes ha bajado ostensiblemente.
¿Porqué nos ocupamos de tema tan escabroso
cuando resulta tan placentero escribir sobre asuntos inocuos que no provocan
urticaria? Es que Meros, o sea, los grupos de los marginados del Reino
están a punto de ser desalojados por la presión de los vecinos y la promesa
que dió el Alcalde Göran Johansson para “solucionar de una vez el
problema”, mediante la remisión de los huéspedes de Askim, a otras zonas, a
otras casas. Recientemente se supo que se presentaron firmas de ciudadanos
de Angered rechazando la propuesta de construír allí una residencia
parecida a la de Meros. “No queremos tener a estos marginados en la vecindad”
fue el principal argumento. La pregunta surge sola. ¿Dónde encontrarán un
oasis los marginados del Reino, al ser echados de Meros?
23
de Noviembre de 2003
Mauricio Aira
Periodista boliviano
mauricio.aira@comhem.se
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