En Suecia no existe
una tradición acerca del beneficio de amnistía para favorecer a los hombres y
mujeres que no cuentan con sus permisos de residencia o de trabajo. La amnistía
que es común en países como Estados Unidos, y que de cuando en cuando favorece
a los ilegales, no es considerada una panacea. Resuelve problemas de un alto
porcentaje de extranjeros, generalmente de los que tienen trabajo permanente,
pero deja al descubierto a otros muchos que llegaron un dia, con la esperanza
de trabajar y se han quedado viviendo como pueden, en la esperanza de conseguir
algo para subsistir dignamente.
El Consejo de Iglesias que ha venido desarrollando una campana en Suecia tiene
la convicción que una amnistía inédita conceda el beneficio de permanencia al
menos por un tiempo determinado, según la usanza sueca primero de un ano y
luego ir renovando estos permisos cada seis meses, durante cuatro veces antes
de otorgar la visa de residencia permanente, si acaso no median situaciones
conflictivas como ser que el solicitante hubiese sido aprehendido en
situaciones criminosas.
El beneficio de amnistía que está reclamando el consejo de las organizaciones
religiosas entre las cuales también están los musulmanes además de las
agrupaciones cristianas, pretende que el Parlamento emita una resolución que
conceda la residencia en forma colectiva a todas las personas que estén
viviendo en forma clandestina, o sea ocultos ante los registros del departamento
de Inmigración y de la policía y que después de haber vivido en esas
condiciones varios anos, y estar en la práctica dentro del mercado de trabajo
(ejercitando lo que se llama “trabajo negro” generalmente mal remunerado y que
no paga impuestos) pudieran tener el apoyo de la Ley y el disfrute de todos los
beneficios de carácter legal y social dentro de la sociedad de bienestar.
Es muy difícil que un pedido de esta naturaleza prospere en Suecia, aunque los
argumentos son muy valederos y de índole normativa, es decir introducir un
factor de ordenamiento legal en la vida de esas personas cuya existencia, hoy
en dia, simplemente ignora la Sociedad. Lo más que podría suceder es que todas
esas personas podrían beneficiarse con la otorgación de visas por tiempo limitado,
por seis meses o un ano y a partir de entonces, se pondrían en la misma
situación que los demás recién llegados, o sea, proceder con las renovaciones
periódicas hasta obtener después de tres anos, la residencia permanente.
Lo que muchos ignoran es que los ilegales, o indocumentados no tienen es el
derecho a la ayuda social.
O sea, que por grande que sea su necesidad por ejemplo de dinero para su
alimentación, vivienda, vestido, salud y educación, no tienen acceso
legalmente. O sea, en los hechos, están los indocumentados desamparados,
desprotegidos de este casco social que permite una subsistencia mínimamente
aceptable.
En la práctica los miles de mujeres y de hombres que están al margen de las
leyes, están viviendo o del trabajo negro o de la caridad o si se quiere de la
solidaridad de ciertos colectivos, como las iglesias que les dan vivienda,
comida y a veces ropa y medicinas pero, solamente en forma temporaria.
En todo caso, el problema existe, está allí con toda su carga de tragedia
humana que significa especialmente cuando entre los afectados están ninos y
jóvenes necesitados de un marco normal de convivencia para dedicarse al estudio
o al trabajo bajo condiciones de seguridad social aceptables.
El estudio debe continuar y la búsqueda de las soluciones, si bien no serán
éstas de estilo salomónico o sea simples y absolutas.
Para terminar donde empezamos.
En Estados Unidos, muchos legisladores están en contra de una amnistía de tipo
general, las experiencias vividas no llegaron a resolver el gravísimo problema
de los inmigrantes, especialmente de origen latino que atraviesan las extensas
fronteras entre México y Estados Unidos o entre Canadá y Estados Unidos, más al
contrario, al ponerse al descubierto mujeres y hombres de su condición de
residentes sin permiso, fueron rápidamente expulsados y lograron quedarse
relativamente muy pocos que pudieron probar que estaban trabajando y que sus
empleadores podían garantizarles un salario.
Estos dias se nos ha trasmitido desde la televisión, las radioemisoras,
los diarios impresos el pedido de la Iglesia unida de lutheranos y católicos,
de ortodoxos y protestantes, para que el Gobierno y el Parlamento asuman una
política de Inmigración humanizada.
Se han dado ejemplos prácticos de personas provenientes de Irán, países
asiáticos y de latinoamérica, que han llegado de facto a Suecia y han tenido
oportunidad de trabajar, generalmente en el área de servicios, uno, dos y hasta
cinco anos y que están amenazados con ser expulsados del Reino, por cuanto no
tienen el permiso de residencia y menos el de trabajo para continuar viviendo
en las ciudades o aún en los pueblos.
Ya
lo veíamos venir. Ninguna
persona sin un formal permiso de residencia puede vivir en forma permanente en
Suecia. Las reglas se han venido haciendo más y más rigurosas especialmente
desde su ingreso a la Unión Europea que ha venido adoptando severas
limitaciones para frenar el ingreso de inmigrantes de hecho.
Estas nuevas leyes que se están uniformando en los 25 países que conforman la
Unión, han puesto la mira en facilitar el intercambio poblacional de unos a
otros. En efecto, un espanol, un griego o un lituano pueden ingresar a Suecia
sin problema alguno y ponerse a buscar trabajo. Si lo consiguen en el campo de
sus capacidades y competencias pueden solicitar y obtener la residencia
permanente que significa la capacidad de disfrutar de una sociedad, llamada de
bienestar, que pretende conceder un marco de seguridad social para el solicitante
y su entorno familiar, es decir la esposa y los hijos menores de edad.
Ya se han dado caso de expulsiones policiales de muchos residentes de varios
anos, de trabajadores sin permiso que se encontraban conviviendo en la sociedad
sueca sin mayores contratiempos.
Las expulsiones se cumplen “a raja tabla” y los expulsados son virtualmente
echados del Reino sin contemplación alguna, con toda la secuela de dolor,
inseguridad, abandono que ello conlleva.
De ahí que no causa extraneza que se hubieran unido todas las iglesias para
reclamar por una más generosa política humanitaria, “ya que hoy en dia uno se
siente avergonzado de ser sueco", como lo expresara el Arzobispo lutherano
refiriéndose a la dureza de las autoridades en aplicar las nuevas reglas que
han cambiado de generosa en restrictiva la política de inmigración.
En todo caso, el debate prosigue y se espera en los próximos dias las
reacciones de los legisladores y del poder ejecutivo, en lo referente a las
órdenes de expulsión de los residentes informales con varios anos de trabajo
dentro de Suecia.
(ur INVANDRAREN, utgiven av Immigranternas Riksförbund)
Mauricio Aira
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SWEDEN
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